Cuando la ciencia derriba algún mito; cuando clarifica alguna idea o desmiente alguna creencia, se genera rechazo a los hechos. Desechar algo que ha estado con nosotros durante cierto tiempo es difícil, y más cuando esto tenía la peculiar característica de ser parte principal de alguna ideología, conjunto de creencias, organización, etc.
Uno de los mitos más comunes es aquel del creacionismo, el cual menciona que todo lo existente fue creado por algún ser divino con algún propósito.
Al principio era muy común creer que todo lo existente había sido creado en sólo 7 días (haciendo referencia a la religión cristiana, la más extendida); que los animales estaban al servicio del hombre y que la mujer había sido creada a partir de este.
La ciencia vino a derrumbar todo ello ofreciendo hechos y evidencia, y el mundo de repente pareció más grande, más antiguo, y mucho más hermoso.
La cuestión era: ¿podía aceptarse esto? La evidencia es indiscutible, pero seamos francos, no está al alcance de todos. Así que surgió una idea: construir de nuevo el mito de tal manera que se ajuste a la evidencia, pero aun así incluyendo a un creador divino. Y el diseño inteligente apareció.
La cuestión era: ¿podía aceptarse esto? La evidencia es indiscutible, pero seamos francos, no está al alcance de todos. Así que surgió una idea: construir de nuevo el mito de tal manera que se ajuste a la evidencia, pero aun así incluyendo a un creador divino. Y el diseño inteligente apareció.
Esto vino a decir algo así como: “está bien, la ciencia tiene razón, pero lo que no sabe la ciencia es que todo lo que han descubierto ha sido depositado ahí por un dios creador”
No podemos comprobar la existencia o no existencia de ese “dios creador”, sin embargo, podemos, en definitiva, averiguar si es inteligente o no el diseño. Averiguar las características de ese creador. Si el mito es cierto, el creador sería inmensamente sabio y poderoso; no podría permitirse errores. Así que, ¿hay errores en este diseño inteligente?
Claro que los hay, el mundo no fue creado para nosotros. Vivimos en un planeta del cual ¾ partes son inhabitables por nosotros, y de ese cuarto restante gran parte es hostil para la vida. Desiertos infernales; fríos insoportables, cúspides insalvables… Parece ser hecho para alguien más, o para nadie en realidad. Nuestro cuerpo está lleno de defectos perfectamente salvables también: tenemos un punto ciego en nuestra mirada; nuestro orificio de respiración y de alimentación están unidos cuando deberían estar separados; no poseemos cola que nos dé estabilidad para correr, haciéndonos increíblemente lentos comparados con demás animales de nuestro tamaño; nuestro rango auditivo es muy limitado, haciéndonos sordos a las amenazas, al igual que nuestro espectro visible, siendo imposible ver radiación que sería letal para nosotros.
Incluso nuestro cerebro, aquel del que nos vanagloriamos frente a los demás seres, está lleno de imperfecciones y aquí es donde Escher es un excelente señalador. En Escaleras arriba y escaleras abajo, podemos apreciar nuestra incapacidad para decidir si las escaleras suben o bajan. Producto del efecto túnel en la visión, solamente percibimos definidamente una porción del cuadro entero, rellenando lo demás con conocimiento previamente adquirido. Una vez la imagen se aleja lo suficiente, se puede observar el sin sentido expresado en ella.